“Es la primera vez que Tijuana ha sido tan afectada por el peligro y la inseguridad”, dice Blancornelas, quien justamente acaba de publicar Estado de Alerta: los periodistas y el gobierno frente al narcotráfico. “La gente está siendo detenida, los policías municipales se han revelado como asesinos y criminales. Hay más miedo que nunca”.
De hecho, apenas unas horas antes, la tasa de asesinatos de Tijuana tuvo un incremento adicional. A menos de una milla del hipódromo Caliente de Hank, la camioneta pickup de Alfredo Cuentas Ochoa, director de la Compañía de Luz y Fuerza de Baja California, fue rociada con fuego de Ak-47 desde una Suburban azul y un Ford explorer dorado, luego de un fallido intento de secuestro. Cuentas murió y su hijo de 17 años quedó gravemente herido. Al día siguiente, imágenes del vehículo ensangrentado de Cuentas fueron mostradas en el noticiero nocturno y sus amigos programaron una marcha para protestar por una ciudad que, como dijera Zeta en una de sus portadas, ha quedado “fuera de control”.
Hank se encuentra sentado en el tendido de su plaza de toros privada. Es un cálido día de primavera en Tijuana y viste un sombrero vaquero negro, pantalones negros, su camiseta de marca roja, zapatos Oxford y un chaleco hecho con la piel de un animal que es difícil descifrar. ¿Anguila? ¿Cocodrilo? Al lado está la más chica de sus hijas, cuyo rubio pelo de ángel y el vaporoso vestido rosa que lleva resplandecen con el sol del atardecer. Si no fuera por el anuncio de Tecate que cuelga debajo de ellos, podrían ser el emperador y su heredera observando a un gladiador con un león, o el rey y la princesa de un retrato de la familia de Felipe IV, pintado por Velázquez.
Todos los ojos están fijos sobre el centro del ruedo. Alejandro Amaya, el hijastro de 28 años de Hank — esbelto y ágil en su terno de torero — sostiene quieto su capote, mientras el toro le clava resoplando la mirada y rasca el suelo con sus pezuñas. El toro embiste, y Amaya le clava en la columna la espada que tenía escondida. Se puede oir el sonido del acero atravesando el pelo y la carne y, luego, con un elegante movimiento, la espada es retirada rápidamente. La sangre corre por el lomo del toro y atrapa el sol en sus ondas borboteantes. El toro trastabillea, luego se derrumba con un golpe seco. Amaya extiende sus manos hacia el toro en una dramática pantomima, coronando su faena con un desplante de bravura.
El toro yace ahora en la arena y las moscas se le pegan en enjambre. Los ojos en el tendido se vuelven hacia Hank, quien agradece el reconocimiento de la gente agitando orgullosamente la mano. Terminó la corrida. No hay nada más que ver. Las gradas se vacían pronto y Hank se dirige a una dispendiosa fiesta privada, que está en su auge bajo una enorme tienda de lona blanca. Al son de la música de una banda local, el aroma de los perfumes se entremezcla con el tintinear de las copas. El toro muerto, que pronto será un recuerdo distante, ya ha iniciado su descenso al sombreado suelo del paraíso.
Reiteradas solicitudes para poder incluir una entrevista con Jorge Hank Rhon en este trabajo, resultaron infructuosas. Al cierre de la edición, la última solicitud todavía permanecía sin respuesta. (Traducción, Lucía Luna)
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