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And a Spanish translation of “The Island of Jorge Hank Rhon”

A lo largo de la campaña, Hank argumentó que en realidad él no era tan diferente de Tijuana. Como la ciudad, él tenía una mala reputación que necesitaba ser limpiada. Como la ciudad, él era víctima de los medios. Como la ciudad, él lo único que quería era ser mejor.

Así que hizo lo que todo magnate renegado hace cuando compite por un cargo en una ciudad sitiada por la pobreza. Hizo pública su cuenta bancaria personal. La lógica era que si la gente sabía que tenía 500 millones, pensaría que no la iba a robar. Torcida como era, la lógica funcionó.

“El problema fue que nadie habló sobre cómo hizo todo ese dinero”, dijo una reciente mañana de sábado el poeta Roberto Castillo Udiarte. “Cuando le pregunté a un tipo por qué votaba por él, contestó ‘porque hace distribuciones, fiestas para el Día de las Madres y regala bicicletas. Eso es lo que yo necesito: alguien que me dé algo. Créame, él va a ganar, porque la gente quiere a alguien que le dé algo sin quitarle nada’ ”.

Son apenas las diez de la mañana y Castillo ya le está “entrando” a unas micheladas y a unos tacos de camarón en un balcón que contempla el mar sobre las Playas de Tijuana. Los tacos están envueltos en papel de cera sobre una mesa de plástico todavía húmeda por la neblina de la mañana, y una banda norteña de un solo hombre empieza a tocar “La Frontera Roja”, un clásico de los Tucanes. “La llaman la frontera roja”, canta el hombre con sombrero vaquero y hebilla de latón, mientras hace sonar ruedas agujeradas de tambor que cuelgan de una correa anudada a su cuello, “por toda la sangre que corre a través de ella”. Justo bajando la playa, la oxidada cerca fronteriza que alguna vez entró hasta 50 yardas en el Pacífico se encuentra en reparación, dejando libre un estrecho paso de arena que, por lo menos hoy, es el único punto en la frontera Tijuana-San Ysidro que no está bloqueado por una barda, una cerca o una reja.

“Después de que ganó, la primera foto que se publicó de Hank en Frontera lo mostraba frente a un gran retrato de él mismo, pero con la cara pintada como un payaso”, dice Castillo. “Era absurdo. ¿Fue intencional? ¿Se estaba burlando de nosotros?”

El novelista y ensayista tijuanense Heriberto Yépez está de acuerdo con las críticas de Castillo hacia Hank, pero visualiza al alcalde como parte de una tendencia internacional más amplia. “Wilhelm Reich explicó que Hitler llegó al poder porque las masas tenían miedo de la libertad y Hitler les garantizaba que no tendrían lo que temían”, dice Yépez, cuya novela A.B.U.R.T.O. imagina la vida de Mario Aburto Martínez, el trabajador de la maquila de Tijuana que metió una bala en la cabeza del candidato presidencial del PRI en 1994. Alguna vez se rumoró que el atentado fue maquinado por el padre de Hank. “Es la misma razón por la que Tijuana eligió a Hank, California eligió a Schwarzenegger y Estados Unidos eligió a Bush. Vivimos en una época de absoluta mediocridad, de huída de la libertad”.

Desde que asumió el cargo, Hank ha sido un alcalde de humor impredecible, que utiliza su enorme riqueza para convertir lentamente a todo Tijuana en una extensión de su reino Caliente. Primero estuvo el asunto de cambiar el color de los taxis de la ciudad de verde a rojo (el color favorecido por el PRI). Luego, el de instalar 300 cámaras de seguridad con video de alta definición por toda la ciudad, emulando una acción similar años atrás en el hipódromo. Después vino la fiesta que organizó el año pasado para el Día del Padre. En un país donde el Día de la Madre es casi una fiesta nacional, Hank llevó a 11 de sus hijos a la primera celebración del Día del Padre en el Palacio Municipal, que incluyó el reparto de teléfonos celulares y televisores, y presentaciones de papás vestidos de Batman y SpongeBob. El león de la D.A.R.E., la campaña antidrogas, también hizo su aparición.

“Hank explota el estereotipo del político populista”, dice Sergio Brown, un educador y artista de video tijuanense. “Se presenta a sí mismo como un Santa Claus urbano”.

Esta imagen quedó públicamente en duda el verano pasado, cuando Hank derribó quince árboles en el parque más antiguo de Tijuana, con el fin de organizarle a la ciudad una fiesta por su cumpleaños número 116. El problema estuvo en que nadie de la ciudad fue invitado a la gala de tapete rojo, más que miembros selectos de la élite que pagaron 300 dólares por los boletos (las ganancias fueron para el DIF, la organización nacional de asistencia a la niñez, encabezada localmente por la esposa de Hank). Hubo actuaciones de la Orquesta Sinfónica de Baja California y de La Banda Musicale della Polizia di Stato, una banda de policía italiana que Hank hizo traer desde Roma. El menú incluyó mousse de salmón y filete mignon. Seis cuadras de seguridad mantuvieron al resto de Tijuana alejado. “Nunca un acto conmemorativo de la ciudad la dividió tanto”, reportó Carlos Domínguez en Zeta.

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