Junto al edificio principal del hipódromo, se encuentra lo que los cuidadores llaman “la capilla”. Dentro no hay nada que honrar — sólo un aire pesado y húmedo que flota sobre el piso de ladrillo, terrarios que alojan a aves extrañas y un leopardo catatónico que da vueltas de un lado al otro. La estatua de un galgo echado vigila el espacio.
Los terrenos del zoológico se extienden hacia arriba de la colina con un extenso aviario y una serie de establos donde camellos y llamas caminan en círculos. También hay leones, jaguares, pumas, osos grises, avestruces y tigres de bengala blancos, el animal más controvertido de Hank. En el mundo sólo existen 500 tigres blancos y Hank posee tres de ellos. En 1991, un cachorro de tigre blanco que nació en el zoológico de Hank fue encontrado por agentes aduanales en el asiento trasero de un Mercedes-Benz, cuando regresaba a Tijuana de Estados Unidos, donde había hecho una presentación en la fiesta de cumpleaños de una de sus sobrinas. Hank no estaba en el automóvil y alegó no tener conocimiento de la visita, a pesar de lo cual recibió una multa de 25 mil dólares por la posesión y contrabando de una especie en peligro de extinción.
Los perros en el camino de entrada constituyen sólo una fracción de su colección canina. Se calcula que tiene 400. También se dice que posee 600 caballos, algunos de los cuales donó recientemente a la policía metropolitana, para sustituir a las patrullas en las colonias pobres de más difícil acceso en las colinas de Tijuana. En 1989, uno de los chitas de Hank escapó del zoológico y fue atropellado por una Pickup en las calles de Tijuana. Antes de que la policía apareciera en la escena del crimen, el animal lesionado fue furtivamente regresado al zoológico por los guardias de Hank.
Hank ha sido abierto en su amor hacia los animales. “Llevo en mí algo de sangre animal”, dijo al Washington Post en 2004. En una entrevista con Frontline en 1997, externó con sarcasmo que “me preocupan mucho más los animales que los humanos. Así que cuido a los animales. Los humanos pueden cuidarse a ellos mismos”. Hank tiene 18 hijos con cuatro mujeres diferentes. Algunos de ellas llevan apodos de animales.
Repentinamente los perros empiezan a ladrar. Las puertas de acero se abren y una caravana de autos sedán negros y Suburbans de Chevrolet enfila hacia fuera. Los vidrios polarizados impiden ver hacia dentro de ellos, pero las calcomanías de campaña de Hank adornan cada uno de los parabrisas traseros. Conforme bajan por los caminos de tierra del zoológico hacia el agitado tránsito del boulevard Agua Caliente, la verja se cierra otra vez y los perros vuelven a ser los únicos perros en Tijuana que no ladran.
Cuando Hank era un niño en Santiago Tianguistenco, un pequeño poblado en el centro de México, su padre le construyó un zoológico con avstruces, zebras, camellos e hipopótamos. El zoológico era únicamente para Hank, pero fue construido sobre las tierras tradicionales de los indios matlazincas, tierras que pertenecían al poblado. Pero, ya entonces, los hombres de la familia Hank no prestaban mucha atención a la línea divisoria entre el patrimonio privado y el interés público.
El padre de Hank, Carlos Hank González, un político y antiguo maestro de escuela, apodado “el profesor”, nació en la pobreza y nunca llevó a casa un salario que superara los 200 mil (dólares anuales). Sin embargo, antes de morir en 2001, de acuerdo con las estimaciones de Forbes, había amasado una fortuna de más de 1,300 millones. El “dinosaurio” más icónico del partido político más dinosáurico de México, el PRI (Partido Revolucionario Institucional), vivió de acuerdo con su indigno lema: “un político pobre, es un pobre político”. Cuando fue regente de la Ciudad de México, se hizo famoso por otorgar los proyectos de construcción de la ciudad a compañías en las que él mismo tenía intereses económicos. Y muchos creen que cuando fue secretario de Agricultura del desacreditado presidente Carlos Salinas de Gortari, ayudó a éste, y a su hermano Raúl, a resguardar sus fortunas ilícitas en cuentas extranjeras.
“Hank no sólo representa a una de las familias más ricas de México”, dice en entrevista telefónica, desde su oficina en el Colegio de la Frontera Norte, el científico político Tonatiuh Guillén. “Representa el sinónimo de una familia con una de las formas más cuestionables de hacerse rico — una clásica doble función, que utiliza los servicios públicos para financiar la riqueza privada”.
Sin embargo, a diferencia de su padre y hermano, Jorge Hank nunca hizo de los negocios o de la política su principal prioridad. Formado como ingeniero industrial, se involucró en el tráfico de animales y en los juegos de apuesta; se dejó crecer el pelo y lució una barba hirsuta que combinaba bien con sus botas de piel de cocodrilo (de las cuales ahora posee más de 400 pares). A mediados de los setenta, Hank empezó a comprar jirafas y elefantes; y, para 1979, ya era co-dueño de la primera empresa mexicana que traficaba delfines en grande, Convimar. De acuerdo con reportes en 1999 de fundaciones de protección de mamífertos de Argentina y México, Convimar capturaría los delfines en Cuba y, después, los importaría para acuarios de México y Sudamérica o los pondría en la nómina de espectáculos de parques acuáticos itinerantes.
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