R. Andrew Chesnut, profesor asistente de estudios latinoamericanos de la Universidad de Houston, quien ha estudiado la iglesia en Brasil y en Estados Unidos, rastreó las raíces de su teología hasta Los Angeles.
"Los Angeles es la cuna del Pentecostalismo", dice Chesnut, autor de Renacer en Brasil. "En una década, fue exportado a América Latina y al resto del mundo. Y ahora, al comienzo del siglo XXI, está regresando mediante misioneros latinoamericanos".
Día tras día, docenas de personas afirman que han sido curadas en los servicios de la iglesia y en el programa televisivo y de radio ‘Pare de sufrir’, que se transmiten diariamente desde Los Angeles. En desgarrantes testimonios, los convertidos juran que la iglesia los salvó de seguir el camino de la autodestrucción.
"Los doctores me dijeron que tenía cáncer y que sólo tenía seis meses de vida", asegura Salvadora Villa. "Gracias a la Iglesia Universal, ya no tengo cáncer y ahora soy más feliz que nunca".
El lugar sin límites
Una desesperación sin límites le había robado hasta el último deseo de vivir a Melanea Quiñones. En cuestión de meses, se lastimó durante un accidente de autobús, pasó por varios niveles de un divorcio y vio cómo sus hijas, ya mayores, se habían ido del hogar.
Quiñones quería terminar con su sufrimiento. Justo antes de que pudiera lanzarse del puente de una autopista, una amiga pudo jalarla y ponerla a salvo.
Quiñones estaba intentando librarse de su amiga cuando agentes policiacos la sacaron de un puente de Boyle Heights, en mayo de 1993. Fue detenida y examinada en una sala siquiátrica, para luego ser enviada a casa.
Varios días después, mientras caminaba sin rumbo por la calle Broadway, le atrajo la atención un cartel colocado a las afueras del Teatro Million Dollar -el templo original de la iglesia- que contenía información sobre el pastor Marco y su conversión a la Iglesia Universal. Entró y habló con él.
Esa tarde, Quiñones dejó atrás sus tendencias suicidas y se convirtió en una de las primeras personas en convertirse a esta iglesia de Los Angeles.
En los últimos ocho años, Quiñones, de 58 años de edad, ha donado más de 60 mil dólares; es decir, un promedio de 625 dólares por mes. Es mucho dinero para una latina de clase trabajadora, pero para ella ha valido la pena hasta el último centavo.
"Antes me sentía como uno de esos centavos, esos que pisa todo el mundo", dice Quiñones, una abuela que gana unos 30,000 dólares por año trabajando como cocinera para la cárcel del condado de Los Angeles. "Fui rescatada de una vida infernal, de sufrimiento y pobreza, a una vida de fe y paz".
La iglesia luchó bastante en sus primeros años en Los Angeles. Dos pastores, Marco y Marcio, fueron los que abrieron el templo del centro en febrero de 1993.
Los servicios se limitaban al lobby del teatro; el auditorio se hallaba
infestado de ratas y olía a heces y orines debido a años de abandono y abuso por parte de los vagabundos. Quiñones recuerda una mañana en la que había traído como desayuno un burrito al pastor Marcio.
"Una de las muchas ratas grandotas que quedaban en el teatro se lo robó cuando se alejó por unos momentos", dice la mujer.
Sólo un puñado de personas asistía a los tres servicios diarios, pero cada una recibía consejos individuales de parte de los ministros.
"Ellos lo escuchaban a uno cuando nadie más lo hacía," recuerda Quiñones. "Ellos le decían a uno que pusiera su fe en Dios, y que Él iba a resolver tus problemas".
Cuando formó parte de la iglesia, Quiñones no asistía a su trabajo de cocinera en un hospital debido a las lesiones que sufrió en el accidente del autobús de la MTA. Todos los días tomaba el camión desde su hogar en Boyle Heights para asistir a los tres servicios, de mañana, tarde y noche.
Oriunda del estado mexicano de Jalisco, Quiñones había sido una católica no practicante. La atención que recibía en el Million Dollar, así como las extáticas oraciones, eran algo mucho mejor que los servicios más impersonales de su antigua iglesia.
Agradecida por su nueva vida, Quiñones ayudaba a los pastores a fregar las paredes y a barrer el auditorio.
A Quiñones le consolaba platicar con el pastor Marcio, un joven brasileño de unos veintitantos años de edad. El le instruyó la fe de la Iglesia Universal.
Se convirtió en el padre de su vida en la fe, dice ella.
Viendo su devoción, los pastores dijeron a Quiñones que se comprara una falda color azul marino y una blusa blanca. Se iba a convertir en la primera obrera de esta iglesia en Los Angeles.
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